lunes, 7 de junio de 2010

Y al volver...

Se me olvidaba añadir en la entrada anterior que, para volver, he vuelto a ver al guapo empleado-ejecutivo que ya he visto otras veces. Ha cogido el tren de las 14.11, como de costumbre, y ha bajado en su parada habitual (Silla). Aunque no me he sentado delante de él, porque se me había olvidado por completo, pero cuando le he visto por la ventanilla apeándose, he sonreído para mí. Sigue pareciendo estresado, sigue estando igual de guapo y todavía conserva su cartera marrón de piel.

Creo que hoy ha sido una suerte que no me haya sentado cerca de él, porque llevaba una cara y unos pelos de loca después de hacer el examen. Quién sabe si, quizá, otro día.

=)

Besazzos,

*Luli*

El peor viaje de mi vida


Esta mañana he tenido que sufrir, como bien indica el título, el peor viaje que he tenido hasta el momento en el tren (o de los peores). Aun así, no deja ser de los peores pero, como todo lo habitual en mí, o todo lo que me rodea, siempre con una vertiente un cómica (de hecho, ha sido tan cómica que no he podido evitar reírme hasta yo, bastante ruidosamente, todo sea dicho).

Y la cosa ha sido de la siguiente manera.

Iba yo bastante preocupada por el examen que iba a hacer inminentemente, porque apenas había dormido (ese es otro cabreo que tengo, si me da tiempo lo publicaré en el otro blog), y eso que llego a la estación de mi pueblo con el corazón en un puño, rogando para que no se retrasara el Cercanías, siguiendo su línea habitual.

Bien, he tenido suerte y ha llegado casi en punto, pero había, por lo menos, un millón de personas agolpadas ahí en el andén, esperando el mismo tren que yo. Os juro que, excepto en Fallas, pocas veces he visto yo el andén de mi pueblo tan abarrotado, a esas horas de la mañana.

Inteligentemente, cuando se iba acercando el tren, me ha asaltado una idea oportuna: como todos se dirigían a los primeros vagones (los cuales ya iban cargaditos de personas), me he esperado discretamente y, cuando ha parado el tren, me he subido al último, completamente sola y pensando “¡bien por mí!”.

Entro, me siento y... apenas termino de sacarme los apuntes, inundada en la calma del silencio, cuando oigo unas voces atronadoras que se acercan por el corredor, haciendo el mismo ruido que una estampida de elefantes enfurecida. Aparecen por la puerta de interconexión de los vagones dos chicos (hombres, más bien) de etnia gitana y -no porque lo diga yo- maricones.

Suena muy fuerte, pero no os equivoquéis, no soy homófoba, lo que pasa es que lo iban diciendo ellos en voz alta, como si fuera realmente necesario proclamarlo a todo el mundo. Y uno de los dos, el bajito, llevaba el teléfono móvil a toda pastilla (sin auriculares, naturalmente); le sonaba Mónica Naranjo.

Y yo, aterrada, pienso: “aquí no, aquí no, por favor, seguid adelante y sentaos un poco más allá, por favor, por favor...”. Como era de suponer, se me sientan en mis mismas narices, armando un escándalo de cuidado y chillando a voz en cuello comentarios de la siguiente guisa (advierto que son un poco fuertes, pero son literales):

-¡Ay, tía! ¿No tendrás un tampax? ¡Es que con el pantalón blanco se transparenta todo más! (?)

-Uf... Cullera... cuántos tíos me he follado yo aquí.

-Mírale el culo a ese... ¡no, al revisor no, salida!

-...

Yo por ese entonces ya estaba mega-desesperada, tratando de concentrarme en las palabras de filosofía en mi mente mientras Mónica Naranjo me martilleaba el cerebro (ODIO a Mónica Naranjo). Lo malo es que en esos momentos realmente me pensaba que no podía haber nada peor que escuchar las aventuras amorosas (en tono desgañitado) de los dos personajes de mi izquierda... ¡ja! Inocente de mí.


En Sueca, es decir, dos paradas más tarde, se me sientan al lado, en mi cuarteto, dos mujeres y un niño pequeño. Bien, pienso, dos mujeres decentes que, como van al cuidado de un niño, tendrán la delicadeza de no hacer demasiado ruido si me ven cara de no dormir y con un puñado de folios subrayados en la mano. JAAAAAAAAAAAAAAAAAAA. Me río.

Empiezan a conversar gritando también para hacerse oír por encima de los bramidos de Mónica Naranjo, y encima tenían una voz estridente y aguda, para terminar de arreglarlo. Además, la conversación era absolutamente superficial y vacía: solo hablaban de ropa, cremas y pintalabios. Pero, ni siquiera aquí, llegamos al clímax de esta anécdota, no.

Resulta ser que el niño (que he deducido que no era hijo de ninguna de las dos señoras, aunque ambas le conocían bastante; igual fueran sus tías) tenía claras deficiencias mentales. Lo sé porque se quedaba empanado mirando el espectáculo circense que estaban montando las dos “chicas” de al lado y, al poco, él también se iba animando.

Le decía al alto: “pégale, pégale”, refiriéndose al bajito, e insistía como un pesado. Los dos hombres de la izquierda, al principio, parecían un poco cortados, pero después han decidido seguirle el juego al niño y el alto no paraba de hacer como que le sacudía al bajito. Y las señoras: “Moisés, no se pega”; “Moisés, no te metas en las conversaciones de los demás”; “Moisés, calla o nos cambiamos de sitio”; “Moisés, no molestes”.

Pero el niño, que estaba bastante maleducado, todo sea dicho, no paraba de decirle al alto que le pegara al pequeño, y éstos venga la risa, y con la música a tope y comentando todavía sus escarceos amorosos, que no le interesaban a nadie.

Poco después, el chico bajito recibe una llamada telefónica y se pone a GRITAR todavía más (¿cómo era posible?), mientras decía palabrotas, mientras el niño seguía mirando bobamente a los hombres y las mujeres cacareaban a mi lado algo sobre zapatos. Yo, muerta del asco, de la rabia y de todos ellos en general, trataba de memorizar inútilmente los temas que quería haberme repasado, con los dedos en los oídos y la vista fija en los apuntes, aunque lanzando a mi alrededor miradas venenosas.

Total, que al cabo de tres minutos, va y el niño interrumpe descaradamente la conversación telefónica del hombre bajito y dice (gritando, para variar):

-¿¿¿PERO QUÉ ESTÁS DICIENDO???

Y el bajito se ha quedado tan anonadado que todos, a la vez (incluyéndome) hemos estallado en ruidosas carcajadas, porque la verdad es que ha sido un puntazo, aunque yo estaba de los nervios y tenía al niño harto ya. El tío es que las pillaba al vuelo; no paraba de decirles cosas como:

-Parecéis mujeres.

-¿Tenéis tetas?

-Tienes una voz ridícula (sobre todo al bajito, se lo decía al bajito, le tenía manía).

Y, aunque los dos “caballeros” se reían, conforme iba avanzando el trayecto sus sonrisas se adivinaban más forzadas, y ha empezado a notarse más cuando el niño pelma de las narices ha empezado a burlarse de los zapatos que ellos llevaban, solo interrumpido de vez en cuando por algunos tenues “Moisés, ya vale”.


La cuestión, que en la vida había estado tan angustiada en el tren, ni siquiera cuando el año pasado también tenía examen y se subió un violinista mendigo al vagón, alborotando, porque él por lo menos iba moviéndose por todo el tren y, al cabo de unas paradas, se bajó. Creo que hoy he pasado los cuarenta minutos más largos de mi vida, se me ha hecho insoportable no poder repasar (el examen me ha salido fatal) y, además, es que me tenían arrinconada al lado de la ventana sin poder salir ni estudiar en otro sitio porque, como ya he dicho, el tren iba inusualmente lleno.

COCHINO DESTINO DE LAS NARICES Y ASQUEROSA MALA SUERTE

Si vuelve a pasarme una cosa de esas, me da un colapso nervioso, o lo siguiente.

Bueno, os dejo porque estoy en la biblioteca y mi tecleo molesta a todo el mundo, ya me están mirando como miraba yo a los extraños ocupantes de mi vagón esta mañana. Qué estrés de vida, señor.


Besazzos,


*Luli*

martes, 18 de mayo de 2010

El ejecutivo



O banquero, o no sé lo que era, pero iba impecablemente vestido de traje y corbata. Le he fichado: ayer y hoy le he visto en el mismo vagón a la misma hora: último asiento, 14.11h del mediodía. Es joven y guapo, muy atractivo: blanco de piel, cabello moreno. Entre veintimuchos y treintaypocos, si no yerro (pero parece aparentar menos de los que pueda tener). No lleva anillo de casado.


Parece un hombre estresado. Yo también soy muy partidaria de sentarme siempre en el mismo asiento (para volver, para ir no tengo asiento fijo, aunque sí preferencias). Trato de llegar puntual al tren para elegir el último asiento del último cuarteto del último vagón, al lado de la ventana. A veces hay suerte, a veces no. Estos dos últimos días la he tenido y, por casualidades de la vida, he cogido durante dos días el tren de la misma hora.


Conclusión: cuando hay rutina... hay rutina. Y se ve que no soy la única que la tiene. El empleado (llamémosle así, porque un ejecutivo no suele ir en tren) parece estar un poco estresado. Seguramente, no tiene ni la menor idea de que hay alguien escribiendo tontás sobre él en un blog anónimo y poco leído a las 23.36 de la noche, pero mira, son cosas de la vida.


Ayer ya me fijé en él. Se sentó en el cuarteto de al lado de donde yo estaba, en pasillo. Entre él y yo había una profesora de castellano corrigiendo exámenes que me estaba poniendo cardíaca, porque él me había entrado por el ojito pero no podía verle, ya que la hippie señorita me lo tapaba de pleno, y yo tenía que disimular un poco.


Pero lo que pude ver de él, me gustó: ni corto ni perezoso, el tipo se puso el mp3 en las orejas y se sacó un libro GORDO de la cartera marrón. Un libro con pinta de viejo, no el típico manual de economía de alguien que se acaba de sacar un máster, no, sino el típico libro de alguien que lee por placer. Aunque me sorprendió que leyera con la música puesta en los oídos, yo no podría, necesito silencio. En fin, que se me va la olla, a lo que iba.


Apenas si había abierto el libro (aprecié que iba más o menos por la mitad) tuvo que interrumpirse por la llegada de otro señor (mucho mayor) que, al parecer, era un conocido del trabajo, y que se sentó en mi cuarteto, en frente de la señorita de castellano. Hablaron, pero en la primera parada, el señor se bajó, y el empleado-ejecutivo-lo-que-fuera sacó de nuevo el libro, muy dueño de sí mismo, y se enfrascó en la lectura. Aprecié que la portada era negra con dibujos verdes.


Cualquiera podría pensar, como yo hice, que una persona equipada con un mp3 y con un libro tan gordo como El Quijote se enfrenta a un largo viaje. Pues tanto yo como cualquiera que lo haya pensado... estábamos equivocados. Tanto paripé para bajarse en la parada número 5 (Silla, contando Valencia como parada), es decir, un cuarto largo de viaje.


Hoy, aunque no ha sido igual, el resultado ha sido el mismo. Llego a mi sitio habitual (entiéndase por habitual cuando está libre) y me pongo a bucear en el fantástico mundo de la economía en televisión (un tostonazo del que tengo que hacer un trabajo) y tan solo me molestan un gordinflón sin cobertura y una chica antipática que se bajan en la primera parada.


Tan tranquila estoy, yo solita en el cuarteto recién despejado, a gusto en el solecito cuando... ¡pam! Por arte de magia se me sienta delante un tipo con corbata y traje planchado, suspirando como quien está hasta las narices del trabajo. Mis pensamientos son graduales.


"Podría ser él, no me acuerdo exactamente de su cara, pero tiene un aire al de ayer".


"Sí, tiene que ser él fijo. Ahí está su cartera marrón".


"Horror, y yo con estos pelos de loca".


"Se pone los auriculares... si le mete mano a la cartera, ES ÉL".


"Se dirige a ella... la abre... la está abriendo... saca algo..."


"¡Toma ya! El libro negro".


"Parece cansado, pero míralo, qué concentradito".


"Qué mono él".


"Tú a lo tuyo, Manuli, sigue con la divergencia de no se qué y subraya".


De nuevo, dos o tres paradas después, me abandona con prisas, dejando algunas preguntas y reflexiones en mi cabeza. ¿Por qué se ha sentado delante de mí en la segunda parada y no en Valencia? ¿Para qué un libro tan gordo si no tienes tiempo de disfrutarlo en quince minutos? ¿Y por qué escuchas música a la vez? Si estás estresado, que es lo que parece, chico, trata de usar ese cuarto de hora de tren para relajarte de la jornada en lo que llegas a casa, no te agobies más. Yo leo, pero porque tardo cuarenta minutos largos y, si no, me aburro pero, a veces, cuando estoy harta, también desconecto y miro por la ventana u oigo música, no sé.


Por otro lado... ¿es posible que este chico se esté escondiendo de alguien? Da que pensar: siempre busca el último asiento del último vagón, que gusta a la gente como yo porque pasa desapercibido, y se pone tanto música como a leer. A partir de estos indicios llego a la siguiente deducción (que, al fin y al cabo, no creo que sea tan descabellada):


El empleado-ejecutivo acaba todos los días de trabajar a la misma hora, por lo menos lunes y martes a mediodía. Cuando termina, coge el primer tren (o el que pueda) para volver a casa y comer. Ese tren es el de las 14.11h. Pero sabe que hay alguien más que también lo coge siempre, alguien a quien no quiere ver o alguien con quien no quiere hablar. Por eso intenta esconderse: se va al último vagón y trata de hacerse el despistado para disimular. Así, en caso de que ese "alguien" algún día le pille por sorpresa, no le reprochará el hecho de no haberle visto, ya que, como el ejecutivo podrá demostrar, tenía la mirada pendiente en el libro (interesantísimo por otra parte, ya que va por la mitad) y, como tenía los cascos puestos, pues no le ha oído llegar. Conclusión: es un tipo esquivo, listo y sin ganas de agobiarse.


Otra idea es que haya tenido una mala experiencia recientemente (una pelea con la novia, una bronca en el trabajo...) y que trate de ocupar todo el tiempo libre posible para no pensar en ello. Así, sabemos que en el trabajo es imposible distraerse, porque está estresado, pero... ¿quién impide que tu mente vuele libre en un rato de inercia en el tren, camino a casa? Para evitar que esos pensamientos lleguen a sitios tabú, ocupa la cabeza con música y letras que le impidan relajarse.


O, quizá, y respondiendo a la primera pregunta de todas, párrafos arriba... simplemente se cambiara de sitio para venir delante de mí porque buscaba, como yo, tranquilidad, y al verme a mí con un libro, y al del cuarteto de la otra banda con otro libro, ha pensado que era el mejor sitio para no ser molestado, cosa completamente cierta, al menos por mi parte.


Aunque a lo mejor sea mucho más sencillo de lo que parece y, como siempre, solo le doy bulo en mi imaginación para que paséis un buen rato, y porque yo me aburro demasiado.


Quizá esta historia acabe aquí, quizá tenga otro final... pero por hoy, mi parte está cumplida.



Besazzos,


*Luli*

miércoles, 12 de mayo de 2010

Chica dulce



He tenido la suerte o la desgracia de cruzarme con una de las chicas más dulces que he visto en mi vida (al menos, esa es la impresión que me ha dado, porque no hemos hablado).

Era muy guapa: rasgos afilados, labios carnosos, mirada tímida, suaves bucles en cascada... me ha dado mucha envidia, porque me he imaginado que esa chica tiene que tener una vida estupenda y llena, es imposible que sea de otra manera.

Se me ha sentado justo delante, y no he podido evitar dejar de mirarla a intervalos insistentes. Me ha bajado un poco la autoestima, porque era muy guapa y yo hoy traía una cara que da miedo, pero, al mismo tiempo, me ha dado una sensación como de tranquilidad, es difícil de explicar. Supongo que sería su aura, hay personas que tienen aura, un algo, carisma.

En ella todo era carismático: cada movimiento, sus manos finas, sus medias sonrisas... me recordaba a Liv Tyler, le tenía un aire parecido.


En el fondo... me ha caído bien.


Besazzos,


*Luli*

miércoles, 14 de abril de 2010

Absoluto silencio

Como en un consenso tácito, y sin que sirva de precedente, ha habido un momento durante el trayecto de vuelta (concretamente, de Cullera a Tavernes) en el que todo el vagón estaba sumido en un absoluto y relajante silencio.

También es casualidad que yo, justamente, no llevara el libro entre las manos porque me lo había dejado en casa.

No puede ser todo, pero algo es algo.

Besazzos,

*Luli*